Chau 2018, quedé agotada pero ¡valió la pena!

Numerológicamente hablando fuiste un año 5. El 5 maneja la energía de la libertad, la apertura mental, los cambios, la adaptación, el movimiento, la búsqueda de nuevas experiencias, el espíritu viajero y aventurero, pero del mismo modo maneja la energía de la inconsistencia, inestabilidad y del abuso de los sentidos.

Hoy deseo dejarte ir 2018, pero no sin antes agradecerte…

Agradecerte porque aprendí más de lo que hubiera querido.
Aprendí mucho sobre mí.
Aprendí de conversaciones profundas y conectadas.
Aprendí que hay que hacerle caso a la voz interna. Siempre.
Aprendí que la frase “Las cosas son como son, no como quieres que sean” es real. Y si las cosas como son, no son como quieres que sean, hay que hacerse cargo, para quedarse o para irse. Para aferrarse o para soltar. Aprendí que puede haber palomitas verdes, y amor también; pero a veces el amor y las palomas verdes no son suficientes cuando son ambiguas. Aprendí que la ambigüedad no es buena, no al menos en temas de amor.

Aprendí a romper miedos estancados, fobias, a confiar y dar saltos cuánticos.
Aprendí que las flores y los chocolates no tienen significado alguno, más que subirte el ego, si no te las da alguien que signifique algo para ti.
Aprendí que dar sin recibir te deja vacío.
Aprendí que hay muchos tipos de amistades y de muchos colores también, y hay veces que esas amistades te ayudan a verte en el espejo, a reconocerte.

Aprendí que todo es cíclico, incluso los amores. Y los amores, los de verdad, se transforman, transmutan para evolucionar el amor en algo nuevo.
De igual forma aprendí que los amores, los pasajeros, no pueden ni transformarse ni transmutar. Sólo son un puente que nos conecta para asimilar nuestras lecciones de vida.

Aprendí que los domingos pueden ser los mejores, pero también, los peores días de la semana.
Aprendí que cuando te hundes en el silencio, por fin te puedes escuchar.

Aprendí que dibujar rayitas me dio un poco de paz en tanta tormenta. Y hablando de tormentas, aprendí que siempre que llovió paró.
Aprendí que Luisito Rey era malo y convenenciero, y que amo a mis Pichas.
Aprendí a esquiar en la nieve y a invertir en WallStreet.
Aprendí que el closet ajeno no me pertenece.
Aprendí que la acupuntura me drena y el padding cada mañana me conecta con mi yo superior.
Aprendí sobre las cosas a las que no estoy dispuesta a resignar, los no negociables.
Aprendí que correr me libera, que es un punto de encuentro conmigo misma.

Aprendí de los viajes, de las personas con las que viajé, de los lugares a los que fui.
Aprendí que elijo florecer en el D.F aunque mis raíces estén Quilmes.
Que en Vancouver hay duendes traviesos que te empujan para que te caigas en la nieve y que con humo en la mente caminar puentes bajo la lluvia te puede paranoiquear.
Que lo Bravo de Valle no era la distancia, sino el no hacerse cargo. Y que el mal timing no es tan malo, como tampoco lo es el IMSS.
Que ahí donde los Tuzos hay voces roncas que me gustan; y que la distancia que nos une cuando nos juntamos en el Quebracho desaparece, porque el chisme me acerca a mis orígenes del Dulce de Leche.
Que en San Francisco los autos inteligentes te mandan a tomar un café cuando vienes manejando cansada.
Que en Necochea vive una de las mujeres más importantes de mi vida, y que los abuelos son inmortales, aunque se mueran.
Que en Zitácuaro los amigos se convierten en familia; y también que las familias extendidas suman pero cuando las extrañas, restan.
Que desde que te conocí en México 3054 nos hermanamos para siempre; y que tu llamada telefónica los domingos de este último semestre fue muchas veces la mano que me sostuvo para no caerme.
Que en Miami o La Bistecca o New York siempre te quise, a pesar de los peros mutuos, a pesar de los pesares. Y lo bueno es que trascendimos porque hay gente que llega para quedarse y vos sos una de ellas.
Que en Los Ángeles hay princesas con orejas de Mickey y una amiga de buen corazón.

Que en Coyoacán o Tejocotes siempre seremos familia. Porque trascendimos y transformamos el amor que teníamos en otro amor. Y eso es lo que siempre importó. Y eso es lo que importa. Amor es amor.
Que en el universo lleno de posibilidades los amores imparables existen. Y las almas gemelas también. Y que los actos de fe son importantes para prepararnos para el momento indicado. Y luego un día, la magia sucede y fluye a toda velocidad, en bajada sin frenos como gorda en tobogán.
Que en puente de la Morena vive la flor de asfalto más coqueta, que es alegre, pragmática y escandalosa y por si fuera poco tiene la punta que conecta con mi hilo rojo trayendo todo lo que perdí de nuevo a casa.
Aprendí que los besos, los abrazos, y la espontaneidad de ese par de maestros, mis hijos, son mi cable a tierra.

Aprendí que la vida siempre te pone en el lugar que tienes que estar.

2018 te iba a despedir muy zen en una ceremonia de fuego del retiro espiritual del silencio, vegano, con internet en Tepoztlán, pero no te dejaste, me cambiaste los planes una vez más. Y ¡está bien! Aquí estoy con ella, mi abuela, la mujer que ha sido una universidad de vida para mi, aprendiendo a agradecer por todo lo vivido, aprendiendo a soltar.

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Por último…
Aprendí que la presión psicológica, que según yo tendría, colgar los cuadros sin fotos en la pared, para que al verlos diario hicieran que tome la iniciativa de ponérselas, no funcionó, ahí siguen 8 meses después sin ni una foto. Me vino fallado el cosito de la presión psicológica. O dicho de otra forma, las fotos que merecían ser puestas en esos cuadros aún no estaban tomadas.

¡Lo mejor está por venir!
¡Feliz Año nuevo para todos!
¡Chau 2018, quedé agotada pero valió la pena!

Loshe Devouassoux

31 de Diciembre de 2018
Gracias, Perdón, Lo siento, Te amo
Sanatorio Modelo Quilmes, Buenos Aires, Argentina.

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